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El espiritista que quiso gobernar México y no era Madero

APUNTE DIARIO SOBRE LETRAS HIPNÓTICAS

por Editorial .
diciembre 9, 2025
en Cultura, Municipios, Regiones, Tendencias, Titulares
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El espiritista que quiso gobernar México y no era Madero
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Por Dr. Arturo David Vásquez Urdiales

Para las crónicas que sobreviven al tiempo

Hay personajes que no caben en la historia oficial —esa que se escribe con tinta de mármol y prudencia de bronce— sino en la historia secreta, la que se murmura en la penumbra de los cafés viejos, en los archivos olvidados y en la memoria de los locos sagrados.
Entre esos seres que caminan con un pie en la realidad y el otro en el umbral del mito, reluce una figura larga como un ciprés insomne: don Nicolás Zúñiga y Miranda, abogado zacatecano, espiritista, inventor, profeta de temblores, y sobre todo, el candidato perpetuo.

México lo vio deambular con su sombrero de copa, su bigote que parecía un pensamiento sin domesticar, su bastón de caballero viejo y sus guantes blancos, como si la pureza del traje pudiera redimir el caos de su mente.
Aquella única fotografía suya, esa que la historia concedió como limosna, lo congela en un gesto entre la melancolía y el delirio: el rostro anguloso de quien conversa con muertos, estrellas o ángeles invisibles.

Fue, como lo diría algún poeta que jamás nació,
“un loco sin remedio y un cuerdo sin recompensa”.

I. La obstinación como destino

En 1896, cuando Porfirio Díaz era dueño del aire, de la tierra y del pulso político del país, Zúñiga se lanzó a su primera contienda electoral. Perdió, por supuesto. Pero la derrota, lejos de desalentarle, lo encendió.

Regresó en 1900.
Y en 1904.
Y en 1910.
Y contra Madero en 1911.
Y contra Huerta en 1914.
Y contra Carranza en 1917.
Y contra Obregón en 1920.
Y contra Calles en 1924.

Nueve veces candidato, nueve veces derrotado, nueve veces resucitado por la esperanza irracional que sólo conocen los profetas, los poetas y los febriles.

Zúñiga y Miranda no se rindió ni en la cárcel, donde lo enviaron por conspiraciones nebulosas. Allí, tras los barrotes, seguía proclamándose presidente legítimo, como si la reja fuera sólo una frontera física y no un límite al sueño.

Porfirio Díaz —astuto como un general romano que ha visto demasiadas revueltas— comprendió pronto que aquel hombre no era peligro, sino válvula, carnaval, viento que se dispersa.
El país necesitaba un loco amable para desahogar sus tensiones; Díaz se lo permitió.

II. Entre espíritus y terremotos: las crónicas del delirio

Zúñiga convocaba espíritus con la naturalidad con que otros convocan reuniones.
En una sesión espiritista llamó a Aristóteles, a Alfonso XIII, al káiser, al zar y al rey inglés. Todos ellos, según él, acudieron para discutir la paz de Europa. Era 1900, una Europa que se preparaba para incendiar el siglo, pero Nicolás ya hablaba con sus sombras y con sus presagios.

Fue inventor accidental. Construyó el Sismeono, una máquina que supuestamente predecía terremotos. Y un día —un día improbable— acertó.
El burro tocó la flauta, sí, pero la flauta sonó tan fuerte que la ciudad se paralizó.

Predijo un segundo sismo que destruiría la capital.
Se desataron pánicos, tumultos, estampidas.
Cuando la profecía no llegó, la furia popular lo linchó.
Sobrevivió.
Así sobreviven los locos benditos: entre golpes, murmullos y milagros.

En otra de sus ocurrencias, propuso enseñar jiu jitsu al ejército mexicano para modernizarlo. Más tarde quiso fungir como mediador entre las fuerzas revolucionarias, como si los ejércitos fueran espíritus dóciles que obedecen a quien les habla con solemnidad.

Convocó a presidentes municipales y notables para discutir la influencia de las estrellas sobre los conflictos internacionales.
Los periódicos de la época —el arma sutil del ridículo— se divertían a costa suya.

III. El candidato perpetuo en el espejo de la nación

En la gran pintura de Diego Rivera,
Sueño de una Tarde Dominical en la Alameda,
Nicolás aparece erguido, con la chistera en la mano, saludando a Porfirio Díaz con la cortesía fantasmal de los derrotados eternos.

Rivera lo pintó por dos razones:
por burla y por memoria.
Porque no hay historia sin los hombres que estorban a la historia.

Zúñiga es el símbolo de un país donde el delirio y la política a veces caminan tomados de la mano. Un país que tolera, entre sus filas, a los insensatos luminosos, a los mártires sin causa, a los soñadores sin brújula.

Hubo un día —prodigioso, improbable— en que obtuvo más votos que Huerta.
La gente estaba tan harta del usurpador, que prefería votar por el loco.

Tal vez en ese instante, México reveló algo íntimo:
que en el fondo cree más en sus soñadores que en sus tiranos.

IV. La caída en la amargura

Murió en 1925, pobre, olvidado, consumido por la locura, en una casa de huéspedes en la calle Amargura, en La Lagunilla.
El destino le jugó su última ironía: vivir y morir en la Amargura.

Sus restos desaparecieron. Nadie sabe si reposan en Zacatecas, o si se extraviaron en esa niebla que envuelve a los hombres que pertenecen más al mito que a la tierra.

El historiador Rodrigo Borja dice que Zúñiga era un Quijote mexicano:
un hombre empeñado en deshacer entuertos, aunque terminara agrandándolos.
Y así, en efecto, lo vemos: con su bastón por lanza, su chistera por yelmo,
su locura por escudo.

V. Reflexión final: la locura como claraboya del país

Quizá Zúñiga y Miranda nunca quiso realmente ser presidente.
Quizá lo que buscaba era ser memoria, ser espejo, ser herida luminosa.

En su delirio había algo profundamente mexicano:
esa mezcla de esperanza obstinada, dolor antiguo, profecía improvisada y humor involuntario que caracteriza a los pueblos que sobreviven más allá de su propia historia.

Fue el candidato perpetuo, sí,
pero también el recordatorio de que la democracia no sólo se mide en votos, sino en los personajes que, aun sin poder, obligan a un país a mirarse.

Zúñiga y Miranda fue un loco, un soñador, un invento público,
pero también una grieta por la cual México vio pasar su sombra y su luz.
Un hombre sin tumba, sin victoria, sin cordura,
pero con una vigencia insólita:
la de los que se aferran al sueño aunque el mundo entero se ría.

A veces —y tú lo sabes, querido lector—
los locos ven el país más claro que los sensatos.

Editorial .

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