
Por Dr Arturo Vásquez Urdiales
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Las nuevas palabras de los mexicanos.
El cómo y el porqué del renacer
Hay frases que no se leen: se instalan.
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La de Sartre cae como semilla en tierra removida y, con el tiempo, rompe la costra del hábito.
Somos lo que hacemos con lo que nos hicieron. Nacemos hablados, pronunciados por otros, moldeados por sílabas ajenas.
La lengua nos antecede como un río antiguo: bebemos de él sin saber su origen. Pero llega un día —un día secreto— en que una palabra no heredada pide salir. Ese día comienza la libertad.
En México, esa palabra nueva no siempre es pulcra ni académica. Suele empezar con ch.
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No es casualidad: la ch es fricción, choque de dientes, explosión breve. Es un golpe fonético que raspa y despierta.
Chingar.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chingao.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chingada.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chingadazos.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chingón.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chale.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chido.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chamba.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chilango.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chalequero.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chiflado.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chueco.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Chingadera.💥 💥 💥 💥 💥 💥
Y por si fuera poco: Chapulín.
No son simples groserías. Son instrumentos. Martillos del habla. Llaves maestras. Con ellas el mexicano nombra la injusticia, la burla del poder, la risa ante la derrota, la dignidad que se levanta con polvo en los zapatos. La ch es la consonante del desquite simbólico, del revanche cotidiano: cuando no se puede cambiar el mundo, se le responde con palabra.
Estas voces nacen del 💥 💥 💥 💥 💥 💥 entre lo impuesto y lo vivido. Del aula donde se repite una historia incompleta. De la calle donde la historia sangra. Del hogar donde el amor se aprende a trompicones. Son palabras que no piden permiso, porque fueron paridas por la urgencia. No adornan: resisten.
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Aquí el lenguaje deja de dominarnos y empieza a obedecer. Se vuelve nuestro. Y en ese acto —decir lo que duele con palabras propias— el mexicano renace. No como víctima eterna, sino como creador de sentido. El habla se vuelve gesto político, rito de paso, acto de soberanía íntima.
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Decir chingón no es alabar la fuerza bruta; es reconocer la astucia que sobrevive. Decir chale es aceptar la caída sin perder la risa. Decir chingadazos es nombrar la violencia para no normalizarla. Cada ch es una cicatriz sonora que cuenta una historia que no cupo en los libros.
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Y así, entre golpes y risas, entre rabia y ternura, el mexicano cumple la profecía sartreana: toma lo que hicieron de él —conquista, colonia, pobreza, esperanza— y lo transforma en voz. Una voz áspera, sí, pero viva. Una voz que no pide traducción.
Porque cuando un pueblo inventa su palabra, ya no está condenado. Está empezando.
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URDIALES fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención.



