—Es una lástima que las rosas tengan espinas.
—Alégrate de que las espinas tengan rosas.
Y en esa frase mínima
—como un relámpago breve—
se nos fue olvidando el rosal.
Miramos la herida
o el perfume,
pero no el tallo que sostiene,
no la savia que insiste,
no la tierra oscura que calla
mientras hace el milagro.
Entre espinas y rosales
hemos aprendido a dividir:
esto duele,
esto embriaga.
Esto hiere,
esto adorna.
Y en la prisa del juicio
olvidamos que la rosa
no existe sin espina,
ni la espina sin paciencia,
ni ambas sin raíz.
La raíz no presume.
No florece.
No sangra a la vista.
Trabaja en silencio,
abraza lo invisible,
dialoga con los huesos antiguos del mundo.
La raíz recuerda
lo que la flor olvida.
Porque toda raíz viene de otra raíz,
y antes de ella hubo manos,
y antes de las manos hubo nombres,
y antes de los nombres
hubo ancestros
que sembraron con miedo,
con fe,
con hambre
y con amor.
La vida no empieza en la rosa.
Empieza mucho antes.
Por eso la paz no es ausencia de espinas.
Es respeto por el rosal entero.
La mujer es medicina
porque conoce el pulso de la savia,
sabe cuándo sanar,
cuándo esperar,
cuándo sangrar sin morir.
El hombre es padre
cuando aprende a ser raíz,
cuando sostiene sin aplastar,
cuando protege sin arrancar,
cuando entiende que la fuerza
no está en cortar la espina
sino en cuidar el suelo.
Mujer y hombre:
no opuestos,
no trincheras,
no banderas enfrentadas,
sino vida en dos respiraciones
que se necesitan.
Porque no basta amar la rosa
si despreciamos la espina.
No basta señalar la espina
si negamos la flor.
Y no basta hablar de vida
si ignoramos las raíces.
Las raíces piden memoria.
Las raíces piden respeto.
Las raíces piden paz.
Y cuando bajamos la mirada
—por fin—
hasta lo profundo,
entendemos que no somos dueños del jardín,
sino huéspedes antiguos.
Entonces aparece ella,
la madre primera,
la tierra viva,
la Pachamama
que no juzga
pero no olvida.
Ella nos recuerda
que toda vida es préstamo,
que toda guerra es amputación,
que toda paz verdadera
empieza cuidando la raíz.
Que así sea:
menos espinas arrancadas con odio,
menos rosas usadas como excusa,
más rosales completos,
más respeto a la vida entera,
más silencio fértil
y menos gritos estériles.
Porque al final,
la paz no florece arriba.
La paz nace abajo,
donde nadie aplaude,
donde todo comienza.
Cuando el vino es delicioso
Debe su sabor al encierro
Y al color de la botella
La buena uva puede ser vinagre
Falta el milagro
De la madre tierra



