
Por Arturo Urdiales
En un claustro perfumado
de azahares y obediencia,
vivía una monja buena
de virtud bien educada.
Diole Dios, con mano amplia,
temor santo y fe sincera,
crianza fina, voz de incienso
y carnes de primavera.
Tenía pudor de nube,
mirada de agua bendita,
y un sayal que apenas pudo
domar tanta lozanía.
Buenas caderas el mundo,
mejores las posaderas,
y un rostro que el obispado
pedía a cada quimera.
—Hermana, venga al estudio —
decía el padre prelado—,
que Roma pide modelos
para vírgenes del lienzo.
Y ella, humilde como lirio,
posaba sin darse cuenta
que dos toronjas divinas
alzaban dogma y promesa.
Pasó por allí un mozuelo,
más verso que sacristía,
que al ver más allá del paño
perdió latín y compostura.
Tomó pluma, tomó luna,
y le escribió un poema ardiente,
no de acto ni carne oscura,
sino de anhelo imprudente.
Leyólo la monja santa
y montó en divina cólera,
tembló el rosario en su mano,
crujió la regla canónica.
Mas tras el ceño severo
brotó sonrisa traviesa,
y dijo, bajando el tono
como quien dicta sentencia:
—Hijo, esta noche no habrá
confesión con el obispo;
marchó a Roma por más fe
que la que ya tiene es poca.
Mi celda sola quedará,
sin llave, abierta y serena…
Buena penitencia será
que me lo leas en persona:
la barda de los rosales
fácil de brincar será.
Saltó el mozuelo la noche
con más fe que calendario,
y el verso halló carne viva
donde dormía el rosario.
Conoció torrentes,
toronjas y melones
y las mejores aguas vivas
Y sabrosos aguardientes.
Mas al clarear el oriente
y asomar el Rey Sol temprano,
dijo la monja —entre risas—
“corre, poeta profano”.
Que si te mira la madre
superiora y su ceño severo,
no entenderá de metáforas
ni de toronjas ni de cielos.
Vuelve mañana, muchacho,
con ayuno, tinta y afán,
que leer la Biblia es urgente:
empieza en Génesis…
y acaba —Dios dirá—
Con el evangelio de San Juan.



