
Estimadas señoras y señores:
Hoy vengo a Agradecer y Confesar.
Me dirijo a sus mercedes con profundo respeto.
Con un abrazo ancho, de esos que no preguntan, y con un afecto que no se disculpa
Yo soy Arturo Vásquez Urdiales, su notario, escritor de cuentos y pintor de brocha delgada
Me presento ante ustedes con sinceridad —esa palabra que pesa— y también con humildad, que no es agacharse, sino saber desde dónde se habla.
Cómo un buen tirador de canicas sin puntería Pero con mucha buena suerte 🍀
Me presento ante mujeres y hombres de ciencia, de oficio, de sabiduría cotidiana, de esa que no siempre se nombra pero sostiene el mundo.
Y ante nuestros inmensos lectores.
Vengo a decirles algo simple y difícil: sigo vivo.
No lo digo como consigna, lo digo como constatación. Como quien pasa lista después de una tormenta y escucha su propio nombre.
Hace unos meses —por una lección de vida que no pedí pero que acepto— el Gran Creador, al que algunos llaman Dios y otros, como nuestros hermanos anasazi eternos, La Gran Incógnita, me arrancó de golpe una de mis muletas modernas: mi número de WhatsApp.
Se apagó.
9515471282 quedó en silencio.
Una gran lección.
Perdí contactos.
Perdí archivos.
Perdí voces.
Perdí, sobre todo, la falsa sensación de control
Fue mi responsabilidad. No busco coartadas.
Yo, que no paro de hablar —imprudencias, casi siempre—, quedé mudo.
Un apagón interior y exterior.
Un desierto digital.
Ese silencio coincidió con la muerte de mi madre, Oralia, en este 2025 que hoy se va.
No fue casualidad. Nada lo es.
En ese momento, y también por mi irresponsabilidad, pesaba 203 kilos.
No podía moverme.
No podía caminar.
No podía hacer ejercicio.
El corazón no permitía cirugía alguna:
Este gran corazón ansiaba la vida, sí; pero ya estaba grande y cansado.
El pronóstico era reservado.
Sin quirófano.
Sin bajar de peso.
Sin movimiento.
Un círculo vicioso, cerrado como un puño.
Pero…
En octubre, en Guadalajara, decidí romper la inercia. Me sometí a una operación con el hermanito Cuauhtémoc, nieto de la señora Panchita —de quien ya he escrito—.
Quise aprender de otras fuentes de sabiduría.
Quise ver.
Quise tocar.
Quise ser testigo presencial.
No podía irme de este mundo sin antes vivir, en carne propia, una experiencia así.Algo ocurrió ahí.
Algo se movió en el corazón.
Llámese fe.
Llámese milagro.
Llámese oportunidad.
Este corazón remendado estaba listo para la siguiente operación!
Esa intervención abrió el camino para la gran operación del 29 de octubre en Monterrey.
Ahí me quitaron gran parte del estómago.
Y la vesícula.
Tres grandes lecciones más, escritas con bisturí.
El 26 de diciembre recibí mi alta quirúrgica. Volé a Oaxaca.
Y al aterrizar, otra lección me esperaba: la separación de mi pareja, Liz.
Se fue con el año.
Como se van algunas estaciones.
Como se van algunas personas que cumplieron su papel.
Otra lección.
Hoy peso 173 kilos.
La marcha sigue siendo larga.
Pero estoy vivo.
¿Hasta cuándo?
No lo sé.
La vida es una cancha donde sólo manda Dios.
Y aun así —o precisamente por eso— escribí 365 artículos de
Apuntes diarios sobre Letras Hipnóticas.
Uno por día.
Como quien pone una piedra para no hundirse.
Publiqué nueve libros, visibles en Amazon.
Entre ellos
Las leyes del poder para gobernar a un México sin ley
La Piedra del Tiempo
El extraño caso del señor Carballo
Los Siete Ojos del Gato Negro
Las Profecías
La Larga Marcha
Y vienen tres más, ya respirando en la orilla del mundo:
Bugambilia
El Príncipe Uchicho, el Nuevo Rey del Nuevo Mundo
Y un sueño largamente acariciado, casi como un juramento íntimo
Tratado breve de Derecho Romano
Más apegado a mi oficio de notario…
y a mi vicio de fotógrafo de Facebook.
Durante el tiempo de convaleciente Mi Amado Pepe recibió su Titulo de Licenciado en Gestión y Transformación de Negocios de una gran Universidad Tecnológica, y tuve la oportunidad de estar presente.
Una maravilla.
Así que sólo puedo bendecir
Bendecir este momento.
Bendecir este reencuentro.
Bendecir la posibilidad de estar aquí,
con ustedes, celebrando.
Bendecir estar vivo.
Porque en el universo —lo he aprendido a golpes— no hay pérdidas:
hay lecciones y hay agradecimiento.
Bendigo con amplitud el paso del 2025, con sus duelos, sus quirófanos, sus silencios y sus despedidas.
Bendigo con alegría, y con esfuerzo redoblado, el 2026 que asoma.
Agradezco profundamente a quienes dieron parte de su vida, de su tiempo y de su energía para que yo esté vivo.
Para que pueda seguir escribiendo.
Pintando.Esculpiendo.
Y, claramente, equivocándome…
porque sólo quien se equivoca tiene derecho al éxito.
Agradezco al hermanito Cuahutémoc y a su equipo de trabajo tan amable.
Al Dr Julio Gallardo Báez, sencillamente un chingón. A Monterrey por ser mi casa un mes completo, al hospital porque ahi renací. Dios es bien extraño o uno no le entiende.
Agradezco a mi equipo de trabajo.
Agradezco a mi hermano Salvador Augusto, por su apoyo, su solidaridad y su honradez.
Con afecto bendigo la oportunidad de platicar con mi hermano Juan, a quien reencontré este año, y a su hijo Juan Pablo, que en este tiempo vivió una gran alegría y asumió una gran responsabilidad.
Con el afecto de padre, a mis hijos José Ignacio y Arturo:
ustedes son mi línea de horizonte.
A mi madre postiza y gran socia de vida,
María de Lourdes Jiménez González,
que estuvo al pie del quirófano en dos ocasiones este año,
que leyó todos mis libros y los corrigió antes que nadie.
Gracias, Lulú.
Gracias por llevarme a Miami, a Guadalajara y a Monterrey para recuperar la salud. (3 grandes viajes en pro de un milagro)
Gracias por estar siempre al pie del cañón.
Al pie del quirófano.
Al pie de la vida.
A todos los usuarios de los servicios notariales: gracias por la confianza cotidiana.
A usted, amable y paciente lector, gracias por quedarse y ser paciente.
Y a Dios.
Porque sin su guía, su sostén y su poderosa mano, no se entiende por qué sigo vivo
Muchas gracias.
Sean bienvenidos.
Sean bienaventurados en el 2026.
¡Urra!
Sigo vivo.
Su amigo,
Arturo Vásquez Urdiales.



