Chavela sintió de pronto como se puso negro todo su alrededor, no detuvo el rezo, como que sintió era su mejor defensa rezar más fuerte en lugar de sentir miedo.
Sintió un ambiente extraño, ni los cuatro cirios colocados alrededor del ataúd se podían ver en aquella oscuridad, tampoco el medio centenar de veladoras colocadas en el piso haciendo una cruz.
Cuando quedó enmedio de la oscuridad pensó en quedarse callada, pero un instinto le dijo no detener el rezo porque era su defensa ante lo que estaba pasando.
Apretó su rosario hasta lastimarse la mano, y con la otra se persinó, no se veía nada.
Cómo en una lejanía escuchaba las voces de los presentes, estaban lejos del ataúd.
De pronto vio una silueta brillante de un perro, fue un instante, abrió el ataúd y salió corriendo.
Çhabela siguió rezando, casi a gritos, porque el miedo le estaba llegando hasta los huesos.
Tomó la cubetita de agua bendita que tenía en sus manos y se hizo una cruz en su rostro.
Luego roció las flores y las velas, algo extraño había sucedido y no era de este mundo.
Al regresar la luz su vista quedó desubicada, pero sacó fuerzas para que nadie notara lo que estaba pasando.
Siguió con el rosario, sudaba frío, pero ahí estaba frente al ataúd y la gente que acompañaba los rezos.
Estaba segura de que algo macabro había sucedido, pero siguió hasta terminar el rosario.
Tras recuperarse de la impresión miró a su alrededor y nadie había percibido lo sucedido, la gente seguía rezando de manera normal.
Pero ya nada era normal, aquella oscuridad había alterado todo el escenario, y el ambiente se percibía distinto.
Por unos segundos había estado en otra dimensión, pero tampoco podía contar algo porque dirían que estaba loca.
No le dolió la cabeza ni sintió agitarse por ello, pero en su pecho algo extraño le fue recorriendo, tampoco era miedo.
Recordó cuando le pidió a la vieja rezadora de su pueblo regalarle los secretos del oficio, y la primera recomendación fue no tener miedo.
Los muertos no hacen dañó, ya descansan en paz, hay que tener cuidado con sus almas, porque hay algunas que son traviesas le dijo.
Fue ella quien le dió su primer libro de cantos, le regaló un rosario que de vez en cuando utiliza.
Cuando vayas a rezarle a un muerto hazlo sin prisas, ten mucha calma, porque todavía sienten a través de su alma le expresó aquella rezadora.
Por eso nunca reza con prisas, se toma todo el tiempo del mundo.
Recordó algunos hechos sobrenaturales que le ocurrieron en la niñez, como saludar aquella mujer de vestido blanco y verla como se marchaba por un camino inexistente.
Ver a una anciana a lo lejos y al acercarse darse cuenta que iba en el aire.
Se fue a sentar al patio de la casa, debajo de un frondoso guayabal, y pidió un vaso de agua.
Desde niña le había intrigado saber que había detrás del velorio de una persona fallecida, del dolor familiar por la perdida de uno de sus integrantes, madre, padre, hermano, esposo, hijo, abuelos.
Pero entre toda esa gente el rezador o la rezadora, ajeno al fallecido y a su familia, a sus amigos, a sus conocidos.
Ser el de entonar los cantos para que aquella alma se vaya en paz, deje el estado terrenal y no reclame su cuerpo.
Repasar lo estipulado en el rosario, el padre nuestro, el ave María, una ceremonia de iniciación a la otra vida.
Ser de pronto un visitante importante en aquella despedida de un cuerpo que anduvo por esta tierra, que rió, lloró, gritó, cometió errores y aciertos.
Un oficio que nadie otorga, que se toma porque se siente en el interior, porque se necesita cuando alguien muere.
Víno a su mente la primera ocasión en que fue contratada, se trató de un angelito, un niño ahogado en un río.
No pudo soportar el dolor de la madre y se puso a llorar con ella.
Le ofrecieron un chocolate con pan, lo agarró y lo tomó sin saborearlo, trataba de acordarse que más vió en aquella oscuridad, algún detalle que no hubiera percibido,
Aquello había sido anormal, pero que lo había provocado, porque sucedió así.
Ya más calmada mandó a llamar a la esposa del difunto, y le pidió tener mucha calma ante lo que le iba a decir, que no se dieran cuenta los asistentes.
-En ese ataúd no hay cuerpo, señaló.
La viuda se le quedó viendo con extrañeza ¿Qué?, -Que en el ataúd no hay ningún cuerpo.
Porque dice eso le dijo aquella mujer con el rostro de la incredulidad.
-Es broma?
No, externó Teresa, algo sucedíó y ahora no hay cuerpo ahí, señalando hacia donde estaba el féretro.
La viuda fue a traer a su cuñado, y le pidió a Chavela repetir lo que le había dicho.
Si no me creen, vayan y revisen el cajón y verán que no hay nada, externó.
La viuda y su cuñado se quedaron helados cuando vieron que Chavela tenía razón.
-Que hacemos, preguntaron.
Chavela respondió que continuar con los rezos, y evitar que alguien se acercara ai ataúd.
Si concluir los rosarios, ya más calmada, les explicó lo sucedido, cómo de pronto hubo una oscuridad, alcanzó a ver la silueta de un perro y algo muy extraño en el ambiente.
Les recomendó poner piedras, cosas pesadas y cerrar el féretro para que nadie se dierá cuenta que no había cadáver.
Chavela tenía veinte años como rezadora y le había pasado de todo menos que desapareciera en su presencia un cadáver.
En una ocasión revivió un muerto y el velorio se suspendió, en otra ocasión otro pronunció unas palabras.
Así llevaron aquel ataúd hacia la iglesia para la misa de cuerpo presente y luego al panteón.
La madre del difunto quedó molesta porque pidió que abrieran el ataúd para despedirse de su hijo y se negaron hacerlo.
Chavela ya no quiso participar en los rosarios y en el novenario, lo sucedido para ella era de terror.
Es más en los meses siguientes ya no quiso asistir a rezarle a otro muerto.
No le fue nada fácil superar aquella experiencia, aunque analizaba que había hecho lo correcto de seguir rezando mientras ocurría aquel hecho que no tuvo explicación.
Ella vio el cuerpo aquella noche al iniciar el rosario, y también presintió cuando ya no había nada.
Tampoco quiso preguntar que había sucedido después, si los familiares sabían algo que ella desconocía, algún extraño pacto o comportamiento del extinto.
Para Chavela ese hecho era una anécdota más de su oficio de rezadora.



