
Por el Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
“Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.”
— Don Quijote de la Mancha, Segunda parte, capítulo X
I. El hombre de la banqueta y la ley del desaliento
Vivimos en un mundo donde el hombre común —ese que camina por la banqueta con los hombros vencidos por la renta, la deuda o el desprecio— ha sido condenado al silencio. La sociedad contemporánea, cegada por el brillo de lo inmediato, lo margina con una sonrisa desdeñosa. “No tienes poder”, le dicen. “No tienes voz. No eres nadie.”
Y sin embargo, es precisamente en ese hombre —el ninguneado, el torpe, el miedoso, el que se equivoca por no saber y se retrae por no querer herir— donde arde, a escondidas, la chispa divina. Esa chispa que ni el mercado, ni el algoritmo, ni la clase dominante puede extinguir: la capacidad de esperar, de resistir y de confiar en el tiempo.
II. El tiempo: entre Cronos y la relatividad
Los antiguos lo sabían. El tiempo no era simplemente una flecha recta, un reloj sin rostro. Para los griegos, el tiempo tenía nombre y forma: Cronos, el titán que devoraba a sus hijos para evitar ser derrocado. Hijo de Urano (el cielo) y de Gea (la tierra), Cronos castró a su padre con una hoz y se convirtió en el amo del ciclo, en el que todo nace, muere y vuelve a nacer.
Pero su legado fue el miedo. Su poder, la repetición. Cronos es la figura del tiempo que nos aterra: el que nos envejece, nos arrebata y nos encierra en jaulas de calendario. Por eso sus hijos —Zeus, Hades, Poseidón— se rebelaron. Querían otra cosa: el tiempo como posibilidad, como historia que se transforma, como apertura a lo nuevo.
Y los físicos del siglo XX, como herederos de aquella guerra mítica, nos dijeron algo aún más radical: el tiempo no existe como lo creíamos. Es relativo, maleable, dependiente de la velocidad, de la gravedad, de la posición. No hay un presente universal. Todo depende de dónde estés y de cuánto pesas en el cosmos.
¿Y entonces qué nos queda?
III. Cervantes y el arte de la espera
Nos queda la sabiduría, Arturo.
Nos queda Cervantes.
Miguel de Cervantes, en su segunda parte del Quijote, nos regala una sentencia que brilla como una campana en el desierto:
“Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.”
No dice que siempre las da. No miente. No nos engaña con promesas de lotería. Dice “suele”, como quien conoce la vida. Como quien sabe que muchas veces la dificultad es apenas un umbral, y que quien persevera lo cruza.
Y lo dice un loco cuerdo. Un hombre que se fabricó una armadura de fantasía para resistir una realidad que le era insoportable. Don Quijote, el caballero que no huye, que no se burla, que no transa con la desilusión. El que, aun derribado, sigue creyendo que en algún lugar hay justicia, honra, belleza y sentido.
Es él, y no ningún filósofo de academia, quien mejor comprende la esencia del tiempo: no como medida, sino como medicina.
IV. La cubetada cervantina: esperanza contra la desesperanza
La frase de Cervantes es una cubeta de agua fría para el alma derrotada. ¿Perdiste el amor? ¿Te falló la política? ¿Te apuñaló la vida? ¿Te arrancaron tu confianza como a un árbol su corteza?
Pues confía. No en la ingenuidad, sino en el devenir. Porque el tiempo sabe cosas que tú no sabes todavía. Porque el mundo no se termina cuando tú crees que se ha terminado.
Y si hay salida —si se presenta una rendija, un respiro, una luz— no es porque el universo te deba nada, sino porque tú seguiste caminando, incluso con la fe rota. Porque resististe lo suficiente como para que la marea cambiara.
Y eso es un acto humano. Tan humano como comer con las manos, llorar en la ducha o abrazar a un desconocido que llora.
V. El hombre ninguneado que se volvió rey
Hoy más que nunca es tiempo de recordarlo:
El egregio hombre de la calle, el que toma el camión con sueño y hambre, el que habla con sus perros porque nadie más le escucha, el que ha sido burlado y robado… ese hombre puede ser rey.
No de un imperio, pero sí de sí mismo.
No de un ejército, pero sí de una visión del mundo que no se rinde.
En un rincón del alma, todo ser humano tiene su ínsula Barataria, su Dulcinea oculta, su armadura herrumbrosa lista para volver a soñar.
El verdadero valor no lo dicta el currículum ni el saldo bancario. Vive en la conducta invisible:
En la paciencia.
En la compasión.
En la fe que se niega a morir.
Y es allí donde el tiempo, como un alquimista silencioso, trabaja.
VI. ¿Es el tiempo o somos nosotros?
¿Pero quién da la salida, entonces? ¿El tiempo o nosotros?
La pregunta es profunda.
Quizá el tiempo no sea un agente externo, sino un espejo.
Y en ese espejo, el que no se dobla termina encontrando una nueva forma de erguirse.
Porque el que sigue esperando no es un tonto. Es un valiente.
Porque quien no se rinde, un día —quizá sin saber cómo— encuentra que el dolor pasó, y en su lugar quedó una sabiduría dulce, una ternura inexplicable, una paz que no se compra en el supermercado de las soluciones rápidas.
VII. Epílogo: la letra que salva
Hoy, desde esta trinchera de palabras que es Letras Hipnóticas, elevamos el gesto. No para enseñar, sino para recordar.
Recordar al Quijote.
Recordar a Cervantes.
Recordar que el tiempo, cuando se lo vive con dignidad, es más que una condena: es una promesa.
Y que incluso en el polvo de la derrota, puede crecer una flor que no esperábamos.
“Y si alguna vez el tiempo parece Cronos —devorador, insaciable, desquiciado—, recuerda que también existe el tiempo de Cervantes: el tiempo que cura, que espera, que enseña. El tiempo que no muerde, sino que acompaña.”
—
Dr. Arturo David Vásquez Urdiales
Abogado, notario, escritor de lo visible y lo invisible
Fundador del realismo mágico hipnótico-futurista
Urdiales fundación de letras hipnóticas AC quienes le invitamos a compartir esta columna y desarrollar un mundo mejor llenitito de buenos lectores, agradezco mucho su atención ©®



